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Agonía

Enviado por Cristóbal el 16/05/2011 a las 19:47
Cristóbal

Y así soñar. Con la boca semi abierta. Respirando de a poco. Como perro agonizando. Alargando los segundos, extendiéndolos sin compasión. Y tú. Tú. Mirando el techo. Mirando mis pies, la cama, las paredes. Sobre todo las paredes.

    Estás atrapada en una pieza con aire viscoso. Con olor a tiempo estancado. Caminas sobre tablas desvencijadas y crujientes, extrañamente familiares. Te paseas entre los retratos de muertos ajenos. Los muertos de mi familia, clavados en las murallas. Ordenados en línea, del más antiguo al más reciente. Fotos tristes, sin sonrisas, con ojos ensombrecidos, fotos sin alma. Muertos que cuelgan de las paredes vigilando tus pasos pequeños, distraídos, levemente inseguros.

    Caminas mirando el piso. Caminas rodeada de miedos, cercada por la angustia. Me miras y yo duermo. Así, respirando a tropezones, desordenado, ahogado. Miras mi canilla derecha que se sale de la frazada. Te sorprende su fragilidad. Parece de plumavit, como si fuera un maniquí mal hecho. Después recorres con la mirada el resto de mi cuerpo tapado, casi inexistente debajo de la ropa de cama. Como si fuera una arruga en una frazada mal estirada. 

    Y te das cuenta. Llevas un mes entrando y saliendo de esa pieza. Un mes desde que todo comenzó, y recién en ese recorrido por cada una de las partes de mi cuerpo que se desvanece, te das cuenta. Tienes que contener un llanto, un espasmo de desesperación que se asomó en tu rostro parco. En tu rostro de mujer fuerte, máscara inconsciente que aparece ante las imprevistas apariciones de la amargura.

    Entiendes que me estoy desapareciendo. Que te estoy dejando sola en la ciudad que caminamos como locos, que esas piezas de la casa que imaginamos, dibujamos y construimos, serán llenadas por un vacío inexorable que acompañará como un eterno eco a las risas de ese par de niños que tienen mis ojos y tu frente. Con tu boca y mi risa.

    Entiendes así de pronto y la espalda se te corva. En un instante sumaste diez años en tus ojos y miles más en tu corazón.  La fragilidad de mis huesos traspasa sabanas y frazadas, y se aloja en tu cuerpo. Sientes como los ojos de los cinco muertos fotografiados se desploman sobre tu espalda. Como las paredes se derrumban en tu cabeza. El aire te ahoga, te fulmina. Sientes a la muerte atrapándote y acercándote a mi lecho. A morir conmigo. Tiritas, sudas con la piel congelada. La garganta apretada no suelta ninguna lágrima. Sabes que una que caiga significa llorar sin parar. Te sientes mareada. Muy mareada.

    Cuando abro los ojos estás en cuclillas apoyada en el fierro del final de la cama.

    Dije “Pequeña, qué pasa” y saltaste como si te hubiesen pinchado.  En un segundo estabas sobre mí. Llorabas todo lo aguantado. Me quiero morir contigo. Lo repetiste muchas veces. De muchas formas. Lloré contigo y no te pude abrazar como quería. Sólo esbocé un abrazo debilucho,  sin forma. Intenté decirte que la vida sigue. Que los hijos son ese pedazo de uno que atraviesa las muertes y rearman las alegrías anegadas. Intenté, entre lágrimas, decirte eso. Entre ahogos y recuerdos de esa vida tan lejana ya. No sé si pude articular las palabras, no sé si algún sonido salió de mi boca.   

    De pronto, secaste tus lágrimas. Me miraste a los ojos, pero viste mucho más allá. Atravesaste todo y viste un espacio vedado para mí, un bunker en tiempo futuro al que no puedo acceder. Y hablaste. Tus manos no tiritaban y tu voz se desplomó segura: “Me quiero morir contigo, pero no lo haré”. Después me describiste a cada uno de nuestros hijos. A los dos, dulcemente. Me contaste sobre lo bien que estaba tocando la flauta Camilo, que tenía una presentación la próxima semana en el colegio. Me hablaste de Nicanor, y su eterna maña para comer. Una luz, un pequeño fuego milagroso se encendió en tus ojos anegados. Con tus palabras mi mentón tiritaba. Me abrumaba la lejanía con que empezaba a sentir cada evento de la cotidianidad. La muerte me hundía, me raptaba, me enfriaba.

    Terminaste de hablar y algo en ti hizo sentido. Esbozaste la más triste sonrisa que he visto. Un repentino beso en la frente, uno largo en mi boca. Enderezaste la espalda. En tu alma le hiciste un espacio a la pena. Yo mirando tu entereza. Yo atravesando las paredes de la piel, yo viendo desde mi ocaso como tu alma se arrugaba y pensaba “al final ¿de quién es la agonía?”.  

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